Por: Lic. Rosa Coaricona

 

 
 

CRISTO DE LOS POBRES

 
Cristo, nuestro señor, el hijo de Dios, el redentor, fue crucificado y muerto en la madrugada de hoy, hace 20 siglos. Como nunca antes, como nadie, esta efemérides partió la vida del mundo en dos: antes de Cristo y después de Cristo.

Cristo nació en Belén y sus padres, José -un carpintero- y María, lo salvaron de la muerte, huyendo de su domicilio porque el Emperador de Roma, Herodes, había dado orden de matar a todos los niños recién nacidos, temeroso porque Juan El Bautista había pregonado que por esa fecha nacería el hijo de Dios.

Cristo estuvo a buen recaudo y recibió de los Reyes Magos, su visita y el oro, la mirra y el incienso como homenaje de aquellas culturas que se postraban ante sus pies. Luego creció ayudando en el oficio de José: la carpintería. Después fue formado en un camino secreto y reservado a su preparación. Y, reapareció pasados los 30 años.

Cristo ingresó en el templo y echó de él a los mercaderes que invadían la casa de su padre. Predicó la paz entre los hombres "de buena voluntad". Se rodeó de apóstoles extraidos de las clases populares y se juntó con pescadores, pecadores y pecadoras. Se le veía junto a los pobres, siempre.

Cristo fue tentado por los insurgentes que querían echar a los romanos de aquellas tierras de medio oriente, pero no se dejó cautivar ni se amilanó cuando diferenció el reyno de Dios: "mi reyno no es de este mundo".

Cristo fue abordado por políticos y líderes de la época, quienes le preguntaban si era lícito, justo, pagar los impuestos al César. El fue enfático y diferenció su Magisterio con aquella revolución: "Al césar lo que es del César (los impuestos) y a Dios lo que es de Dios (la fe)".

Cristo nunca estuvo del lado de los ricos, tampoco del lado de los revoltosos ni conspiradores. Cristo predicó la igualdad: "Amaos los unos a los otros", "Ama a tu prójimo, como a ti mismo". Finalmente fue clavado, literalmente, crucificado en su cruz. Agonizó y nadie estuvo de su parte, a la hora de la muerte, excepto tres personas: María, su madre, Magdalena, su compañera y Juan, su hermano.

Cristo fue traicionado, abandonado y vejado por su propio pueblo; a pesar de haberles devuelto la vista a los ciegos, curar leprosos, devolver la vida y hacer andar a los inválidos. Nada fue suficiente. Y, sus apóstoles y discípulos lo entregaron y lo negaron, tal como estaba escrito.

Cristo , ya muerto, resucitó y descendió a los infiernos para luego estar sentado al lado de Dios padre. Con los siglos, muchos predican en su nombre y muchos hacen de ello, una industria. Con todo, nos debe quedar claro que Cristo, Jesús de Nazareth, nos pertenece. Y, sobre todo, les pertenece a los pobres. Es el Dios universal y liberador.

Cristo, Señor, apiàdate de nuestras almas y redímenos con el perdón de tu muerte. No permitas que te aparten de los pobres y termina de echar a los mercaderes del templo. Cristo, Señor, en la hora de la pena más honda, perdónanos porque no sabemos lo que hacemos: estamos destruyendo el planeta. Perdónanos señor. Amén.

Lima, 06 de Abril de 2007